El Arte de Complicar lo Cotidiano
12 de Julio de 2025
Antes todo era tan sencillo. Encendías la tele, servías el café y salías a la calle sin tener que aceptar términos y condiciones. Ahora necesitas una ingeniería de telecomunicaciones para conseguir un 5 % de descuento en el supermercado. Instalas una app, registrás tu cuenta, confirmás tu correo, activás notificaciones, y si la alineación astral lo permite, recibís un código que expira antes de que logres usarlo.
Si buscas cashback, prepárate para una travesía mitológica digna de Odiseo: móvil, correo, validaciones, claves, verificación en dos pasos, ritual satánico opcional. Todo para que te devuelvan una cantidad que ni el banco detecta.
Y la televisión, ese noble aparato para desconectar, ahora es un campo de batalla digital. Se cuelga. Se reinicia. Te pide actualizar algo antes de mostrarte la interfaz. Te logueás en tres plataformas, olvidás dos contraseñas, y cuando finalmente cargó... ya te olvidaste qué querías ver. Literalmente, encenderla lleva más tiempo que ver un episodio.
Las consolas tampoco se salvan. Apretás el botón de “jugar” y te encontrás con una actualización, luego otra, y después otra para actualizar la anterior. A esta altura, deberías poder hacer la carrera de ingeniería de software solo con encender tu PlayStation. ¿Querías jugar? Mala suerte, hoy sólo se baja firmware.
Los programas empiezan a morirse sin previo aviso, no porque estén mal, sino porque han sido declarados incompatibles por algún algoritmo sin corazón. Cosas que funcionaban perfectamente ayer hoy se convierten en fósiles digitales. ¿Tu escáner? Olvídalo. ¿Tu impresora? R.I.P. ¿La app para gestionar tus facturas? Ha evolucionado a una versión premium que, curiosamente, no hace nada nuevo pero sí cuesta dinero.
Y qué decir de los electrodomésticos. Cafeteras con WiFi, batidoras con Bluetooth, bombillas que te piden acceso al calendario... ¿Quién decidió que el café debe sincronizarse con la nube? ¿Por qué necesito emparejar mi batidora con el móvil como si fuera una relación sentimental? ¿Vamos a llegar a tener papel higiénico con aplicación de seguimiento?
Lo peor es que muchos de estos artefactos podrían durar años, décadas incluso, si no fuera porque su existencia depende de actualizaciones que cesan sin explicación. Ya no mueren por desgaste, sino porque se quedaron desactualizados, como si el paso del tiempo fuese una condena firmada por Silicon Valley.
Y no es que detestemos la tecnología. Por supuesto que hay avances valiosos. En medicina, seguridad, accesibilidad, eficiencia... chapeau. Pero ¿una tostadora que necesita contraseña? ¿Un reloj que no da la hora si no sincroniza con tres satélites? Ahí sí que el delirio se sirve con USB.
Tal vez la verdadera innovación sería dejar de inventar lo innecesario y volver a lo simple. Porque si para hacer café necesito actualizar firmware, prefiero volver a la italiana de toda la vida.